Era
la canción donde el párvulo repetía y repetía la tabla del siete hasta que el
sonsonete acababa ayudándolo a terminar. Era mi canción preferida, la de mi
madre: “torito, torito bravo…”
La
radio era el único medio de difusión y
el parte de las dos y media el único
medio para traumatizar al pueblo.
Eran
los finales años cuarenta y aún se vivía una época de precariedad que se
afrontaba con dignidad y mucho sacrificio, en una casa obrera.
No
me faltó el colegio de monjas, ni los primeros estudios con los hermanos de la
Salle, hasta que lo inevitable, me llevó
a una familia donde la cultura era básica y primordial.
La
cultura, ese don preciso y precioso, donde el pensamiento es la base para afrontar con razonamientos las situaciones que te va presentando la vida,
situaciones que nunca son traumáticas y por tanto son lo que son.
Pocos
días antes del conflicto bélico de Siria, estaba visitando el país, mi única
pasión: conocer otros pueblos y otras culturas.
Para
eso cambio el turismo de masas, por el paseo al amanecer, mezclado entre el
pueblo, y cuando puedo, no es el caso, hablando con ellos.
Los
centros sociales que vi en Damasco, fueron un cuartel y éste desde la habitación;
una iglesia francesa y una par de mezquitas, pero lo que mayor atracción me
produjo, fue un instituto que en mis paseos matutinos y literalmente al
amanecer, veía llagar a cientos de chavales de todas las edades.
En
la fortaleza de Alepo, en la explanada donde se contemplan la ciudad, también
me mezclé con un grupo universitario que con bromas y gesticulaciones, me
enteré de las carreras universitarias que estudiaban.
La
cultura es el germen de una sociedad próspera y el “arma” más eficaz para salir
de las situaciones que se nos presentan
y sobrevolar los populismos qué con sus cantos de sirena, nos quieren llevar
por el camino más fácil.
Y el
pueblo sirio, saldrá adelante.